Siendo adolescente, ya encarnaba el fiel seguidor de los grandes maestros de la ciencia ficción, fantasía y terror que continúo siendo… si bien nunca desprecié el resto de géneros, siempre tuve (y así se me inculcó desde niño) un desarrollado amor por la lectura. Disfrutar de la obra de aquellos maestros no fue óbice para hacer lo propio con aquellos otros pertenecientes a lo que se conoce como «lectura obligada», durante mi etapa estudiantil.

En aquella época, pese a no ser lo que se dice un estudiante de matrícula de honor, siempre me esforcé en «escribir bien»: hacer un correcto uso de los adverbios, de los signos de puntuación, tildes y de toda la ortografía en su conjunto. Me gustaba… necesitaba que fuera así. El hecho de encontrar una errata leyendo un libro, un artículo de revista, la redacción de algún compañero de clase o el enunciado de un problema de matemáticas (¡escrito por un profesor!) me creaba la necesidad de corregirlo, aun sobre la misma letra de imprenta. No era capaz de pasarlo por alto. Después supe que la psicología tenía un término para esto: TOC… y yo siempre me he preguntado si en verdad no lo padezco.

Conviviendo con esta peculiaridad mía, el germen de la escritura no tardó mucho en brotar. Y curiosamente sucedió en la asignatura de Geografía. La profesora de aquel año dedicaba una hora de su materia, a la semana, para que, trayendo de casa un periódico cualquiera, escudriñásemos y seleccionásemos varios artículos de diferentes secciones relacionadas con la asignatura: demografía, geopolítica, economía… Nuestra tarea después sería la de redactar (a nuestro modo) nuestro propio artículo, comentando la noticia.

No escribes nada mal… o tienes buenos artículos, Ibor… eran los comentarios que bastante a menudo decía la profesora en voz alta, ante la clase. Hasta hubo un par de ocasiones en que los leyó para todos, como ejemplo a seguir, provocándome erupciones de vergüenza adolescente.

No obstante, supuso un revulsivo para continuar por ese camino.

Por otra parte, y en contraposición, en las asignaturas de Lengua Castellana, Lengua Valenciana, Literatura, etc., nunca destaqué de la misma manera. Es más, los suspensos eran frecuentes. Este hecho indicaba que mi faceta literaria todavía palpitaba en su fase embrionaria. A pesar de gustarme los comentarios de texto, las figuras retóricas y la lectura de los diferentes autores, mi mente todavía era demasiado analítica, técnica, carente de sensibilidad poética. No supe valorar la literatura hasta bastante después.

Fragmento de «Oblatio»

Ya adulto, superada mi etapa estudiantil, un cierto día octubresco del año 2005, sin tenerlo planeado en absoluto, tuve una pequeña revelación, una necesidad. Pero ésta era distinta a todas las anteriores. Fue, si se me permite la auxesis, un episodio de bulimia literaria, durante el cual tuve que ‘soltar’ un algo, a cuya identidad no sabía darle forma o nombre.

Lo titulé El Postre, y no pretendía ser ni convertirse en nada, más allá de lo que meramente regurgitó mi mente.

Se trataba de un relato de temática erótica y terror fantástico, con muchas posibilidades… o eso dijo la decena de amigos y conocidos que, como lectores cero, lo leyeron.

Les concedí, al menos, el beneficio de la duda, pues entre ellos había dos periodistas, una licenciada en derecho y un profesor de latín. De una forma u otra, bajo la lupa de sus respectivas disciplinas, parecían convencidos de lo que decían. Así que decidí darle varios giros, y nutrir aquel relato de apenas doce páginas. El resultado fue tan metamórfico como catártico, hasta un punto en que me tuve que obligar a darle un final. Pero para cuando lo conseguí, ya se me había ido de las manos, como cuando uno no sabe distinguir si es el humano quien pasea al perro, o el perro quien pasea al humano… «¿Estoy yo controlando lo que escribo, o es la narrativa la que me está dirigiendo a mí?» Seguro que más de uno comprende lo que digo.

Hoy en día, aquel otrora relato corto es ahora Ursa Maior, la tercera novela corta del primer volumen de mi proyecto estrella, Los Olvidados. No obstante, en aquella época fue a parar a la oscuridad de un cajón, sin mayores pretensiones que las de permanecer irónica y redundantemente ‘olvidado’, sine die. No fue hasta hace poco más de un año, cuando sentí que había llegado el momento de emerger a la luz.

Después vino la era de las redes sociales, algo que hasta hoy día se me atraganta, dada mi irremediable naturaleza, inexorablemente tendente a lo analógico y tradicional.

Sin embargo, mi perpetuo neófito digital interior supo valerse por sí mismo para sacarle algo de jugo a alguna de estas plataformas… Comencé a escribir y compartir pensamientos y experiencias, anécdotas, muchas (casi todas) surrealistas donde las hubiese. Y a medida que cientos de personas iban leyéndolas, su feedback resultó tener efectos inesperados… con una cierta resonancia de déjà vu… Muchos de sus comentarios se asemejaban a aquellos que años atrás ya había recibido: deberías dedicarte a escribirtío, si escribes un libro con esto, yo lo compro… menuda crónica más buena, no recuerdo haberme reído tanto… «crónica»… Aquella palabra supuso un cisma en mi vida. Estaba claro que debía hacer algo al respecto, aunque no terminaba de adivinar qué.

Sin embargo, no pasó demasiado tiempo. Lo conseguí. Supe acertar en una tecla que no esperaba encontrar. Había descubierto mi bis cómica.

Para ser honestos, la ocurrencia no fue mía. La tuvieron aquellos que tiempo atrás ya iban leyéndome en redes. Entonces, una buena amiga me ayudó (yo solo no hubiera sabido) a abrirme un Blog. Fue idea de ella, de hecho. Y fue algo tan sobrevenido que, sin mucho tiempo para pensar en un nombre mejor, lo llamé Crónicas de un tal Rafa… nada original, aunque funcionó.

Aquella novela corta olvidada en un cajón, Ursa Maior, fue viéndose acompañada de otras tantas, hasta conformar una pandilla de nueve… ¡Nueve! También había llegado la hora de que emergieran al mundo, distribuidas en tres volúmenes pero formando un todo.

Y por si fuera poco, durante aquella etapa de mi vida bastante prolífica, surgió otra oportunidad literaria, fruto de mi faceta deportista.

Fuertemente vinculado a la cultura brasileña, entrenando su arte marcial más emblemático, la Capoeira, llegó el momento de finalizar la fase de alumno para convertirme en lo que a efectos prácticos cualquier no entendido en la materia llamaría «entrenador» o «docente». Para ello, además de alcanzar el nivel físico y académico requerido, se me exigía la presentación por escrito de una tesina cuyo contenido debía versar acerca del vasto universo de la Capoeira y el folclore afro-brasileño.

Como no podía ser de otra manera, siendo un amante (y estudiante) de idiomas, confeccioné un trabajo bastante extenso y exhaustivo acerca de la etimología lingüística de su argot peculiar. Y ya vistos mis antecedentes con las crónicas, así como con las novelas cortas, esta vez lo tuve claro: aquella tesina se transmutaría en libro, convirtiéndose de hecho en mi opera prima.

Fuera del ámbito literario, pero sin salirnos del Universo RAAL, podríamos hablar de mi faceta musical.

Sí, al igual que mi primo Alejandro, también soy músico. Y aunque él se especializó en composición, yo elegí formarme como pianista.

Mi formación musical tuvo varios paréntesis, viéndose ésta pausada en determinados momentos de mi vida, y durante el transcurso de uno de los cuales también inicié estudios en canto (lírico).

Teniendo varias composiciones propias en el archivador, junto con la mucho mayor colección de Alejandro, suman ya una nada desdeñable recopilación que, como todo en la vida, aguarda el momento apropiado para darse a conocer.

Y, de nuevo, en lo concerniente a la escritura, puedo decir que a uno le libera, le transforma, le convierte en creador de vida, vida literaria, y universos increíbles. Claro que, hay que hacerlo bien. Y con esto quiero decir que, aun poseyendo talentos, merece la pena invertir tiempo y dinero en cultivarlos, pulirlos y perfeccionarlos; pues cuando alumbras un nuevo mundo, se trate del género literario que se trate, con él nacen sus personajes, protagonistas y antagonistas, y eventualmente el bien y el mal, la luz y la sombra, el cielo y el infierno… y respecto a éste último, en términos literarios, hay que tener mucho cuidado en no acercarse demasiado, o siquiera ser tentado con dar un paso hacia sus puertas… Así lo dijo el gran maestro Stephen King, en su obra Mientras escribo:

«Creo que el camino al infierno está empedrado de adverbios, y lo gritaré desde los tejados. Dicho de otra manera, son como los dientes de león. Si tienes uno en el césped, parece bonito y único. Pero si no lo arrancas de raíz, al día siguiente habrá cientos».

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